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Conocimiento contemporáneo sobre Dios, la evolución y el significado de la vida humana.
Metodología del desarrollo espiritual.

 
Capítulo siete: Vlada
 

Capítulo siete:
Vlada

Ella es gentil como el sol de la mañana.

¡Silenciosa, como el silencio mismo!

Pura, como un manantial sagrado y transparente.

¡Hermosa, como un hada de primavera!

Peresvet



Andrey Oslyabya y Alexander Peresvet se destacaban entre los hermanos del monasterio por su gran estatura y complexión atlética. Los hombros de Oslyabya eran quizás más anchos que los de Peresvet, por lo que parecía más poderoso. A pesar de sus años, su fuerza seguía siendo la misma —serena y poderosa—.

Yegorkiev solicitó al abad permiso para ayudar a Andrey en su trabajo. El abad Sergio sonrió levemente y le concedió el permiso.

Andrey estaba colocando grandes piedras para hacer escalones en el camino hacia el río, que era bastante empinado. Este sendero se volvía resbaladizo durante las lluvias debido al barro.

Yegorkiev, que se acercó para ayudar, comenzó a rellenar las grietas y los espacios entre las piedras con mortero para asegurar los escalones.

El trabajo avanzaba.

Después de terminar la labor, Andrey y Yegorkiev fueron al río para bañarse, cambiarse de ropa y lavar sus prendas que estaban llenas de polvo y manchadas con mortero.

Luego, se sentaron en la orilla para descansar.

Yegorkiev entonces dijo:

—Peresvet me habló de usted, de su juventud, del Abuelo y de cómo le salvo la vida en la batalla. Luego mencionó que debería ser usted quien me contara lo que pasó después, porque él estuvo enfermo e inconsciente durante mucho tiempo. ¿Le gustaría contarme un poco?

—Está bien, te contaré.

»¿Te mencionó Peresvet a su esposa Vlada?

—No.

—Bueno, entonces comenzaré por ahí.

* * *

»Todos los combatientes nuestros que resultaron heridos en esa batalla, fueron llevados a un lugar para ser tratados por sanadores y quienes entre nuestro ejército tenían al menos algún conocimiento de curación.

»Dado que las posibilidades de supervivencia de Peresvet eran escasas, intenté determinar quién entre los que curaban resultaría mejor para él. Llevaba a Peresvet en mis brazos y escrudiñaba detenidamente a todos los que curaban.

»Noté a una joven cuyos movimientos me parecieron extraordinarios y precisos mientras trataba a los heridos. Desde que la noté no pude apartar mi vista de ella. Pero pensé para mí mismo: ¿Qué puede saber alguien tan joven sobre sanar heridas tan graves? Mas mi corazón insistía que era en sus manos donde yacía la esperanza de salvar a mi hermano.

»Puse a Peresvet cerca de ella en el suelo. Y me pareció que ella sintió como una pequeña sacudida cuando miró su rostro, como si hubiera reconocido a alguien cercano, pero sin dejar que la emoción la dominara.

»Me quedé de pie a su lado y esperé mientras ella examinaba, lavaba y vendaba las heridas. Yo pregunté:

»—¿Crees que sobreviva? ¿Podrás sanarlo?

»Ella me miró con sus claros ojos grises y azules. Y moviendo la cabeza dijo suavemente:

»—No creo que pueda… Solo puedo evitar que muera en estos días. Y tal vez extender un poco más su tiempo de vida… Pero sí conozco a alguien que tal vez pueda sanarlo, aunque no puedo prometer nada.

»—¡Él es mi amigo, mi hermano del alma! ¡Daría cualquier pago a quien salve su vida! Pero si llega a quedar lisiado y débil, quizás el mismo no quiera vivir…

»—De ninguna manera voy a aceptar tu dinero. Y al curandero del que te hablo no le interesa el oro en absoluto. Hazte de una carreta y ponle heno encima para que tu amigo no se vea sacudido en el camino. Vayamos con él. Está muy lejos. Unos tres días de viaje.

»—Muy bien. ¿Cómo te llamas?

»—Me llamo Vlada. Vladimira…

»—Un gusto. Me apellido Rédyiona y este es mi amigo Peresvet.

»Vlada, moviendo ligeramente los labios, como si besara las palabras, repitió su nombre en voz baja, como en un suspiro —Peresvet—.

»Presenté mis honores al príncipe, encontré una buena carreta y preparé un lecho cómodo para mi hermano.

»Vlada se acercó al caballo que estaba enganchado a la carreta, lo acarició suavemente y le susurró algo. Luego subió a la carreta y tomó las riendas con una mano, mientras que con la otra sujetaba la mano de Peresvet.

»Yo cabalgué junto a la carreta, y el fiel caballo de Peresvet nos seguía de cerca.

»Cuando intenté hablar con Vlada, me dijo:

»“Si deseas que llevemos a tu amigo vivo, no me distraigas con conversaciones vanas. Necesito concentrarme en tratar de sostener su fuerza vital…ˮ

»Y así viajamos en silencio.

»Hicimos una breve parada durante la noche y encendimos una hoguera para calentarnos. Era finales del otoño y aún hacía frío.

»Vlada se sentó muy cerca del fuego. No podía calentarse y trataba de contener un temblor interno. Durante el trayecto del día la observé, y vi en ella una confianza y fuerza especial. Pero ahora, sin embargo, parecía frágil y desprotegida. Así que añadí más leña al fuego, la cubrí con mi capa y me senté a su lado.

»Vlada dijo en voz baja:

»“A veces es el cansancio lo que hace que sea tan difícil mantenerse caliente. Pero ahora, junto al fuego, me recuperaré rápidamente…ˮ

»Luego ella misma comenzó a hablar, así que le hice una pregunta que en ese momento era especialmente importante para mí:

»—¿Sabes a qué dioses adora este sanador? Peresvet y yo somos de fe cristiana y no sería apropiado para él si este hechicero adorara a otros dioses…

»Vlada me miró con tristeza y dijo:

»—¿No te parece demasiado tarde como para pensar en esto ahora? Después de todo, ya no podemos dar marcha atrás con él en estas condiciones, ¿cierto?

»—Bueno, he estado pensando en esto todo el tiempo, pero me pediste que no hablara.

»—¡No dejes que las supersticiones nublen tu juicio! ¡Él no es un hechicero! ¡Ni tampoco un curandero! ¡Él es un Mago de otra índole! ¿Recuerdas en las Escrituras el nacimiento de Jesús y la historia de los Reyes Magos? Esos Sabios supieron desde lo alto sobre a llegada de Jesús y vinieron a adorarlo. Este hombre es de esa índole.

»—¿Entonces, vino del Oriente hasta aquí?

»—No… En tiempos oscuros, nacen Grandes Almas en muchos pueblos para mantener las fuerzas de la Luz en el mundo y evitar que la oscuridad consuma por completo a la humanidad… ¡Él sirve sólo a Dios y a nadie más!

»Vlada pensó por un momento y luego continuó:

»—¡Existe un Dios Único para todos los pueblos! Pero las personas se olvidaron de esto y surgieron diferentes creencias religiosas. Es por ello que el Ser Único que creó Todo se le llama con diferentes nombres…

»Vlada se quedó en silencio.

»Yo también dejé de hacer preguntas…

»Después de un descanso de varias horas, continuamos nuestro viaje en silencio.

»Al tercer día, ya casi al atardecer, llegamos al río.

»Vlada dijo con severidad:

»“Espera aquí. ¡Y no hagas ningún ruido!ˮ

»… Tuve que esperar por largo rato, más de media hora.

»Ella regresó en un bote. Su largo cabello rubio estaba completamente mojado. ¡Lo que significaba que había cruzado el río nadando con aquel frío!

»Con cuidado colocamos a Peresvet en el bote.

»Vlada dijo:

»—Ahora súbete al bote conmigo. Nos encargaremos de los caballos después. No puedo llevar a tu amigo a la cueva sin ti.

»Navegamos brevemente río abajo, hasta donde el río hacía un giro brusco. En la empinada y escarpada orilla, había una hendidura. Parecía muy estrecha, pero el bote se deslizó a través de ella sin problemas. Tuvimos que inclinarnos bajo una rama gruesa de un árbol que colgaba sobre la angosta vía de agua, lo que hacía que esa vía de agua pasara desapercibida. Luego la vía se ensanchó, terminando en una pequeña laguna de aguas transparentes rodeada de altas paredes de acantilados. Desde el lado opuesto, un pequeño arroyo caía desde lo alto como una cascada. Era evidente que este arroyo había excavado esta laguna durante muchos siglos.

»Atracamos en una pequeña playa de arena y comenzamos a subir por los escalones tallados en la casi vertical pared de la cueva.

»Vlada iba delante. Yo llevaba a Peresvet en brazos y hacía todo lo posible por no tropezar. Cuando entramos en la cueva, nos encontramos con un hombre mayor vestido de blanco.

»Estupefacto por la sorpresa, lo reconocí… ¡Era el Abuelo!

—¡Bueno, bueno, hola Rédyiona! —Dijo.

»¡Quedé atónito ante el hecho de que nos encontráramos justo ahí, de que recordara mi nombre, y de que parecía haber rejuvenecido desde nuestro último encuentro hace quince años atrás!

»Se veía majestuoso a pesar de que vestía ropa sencilla. Su larga túnica blanca no tenía ningún bordado ni ornamentación y estaba ceñida con una cuerda de lino. Su pelo y su barba eran blancos como la nieve.

»Por primera vez en muchos días, me invadió una sensación de calma y alegría. Ahora estaba seguro de que todo estaría bien con Peresvet.

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