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Conocimiento contemporáneo sobre Dios, la evolución y el significado de la vida humana.
Metodología del desarrollo espiritual.

 
Karma
 

La vida para Dios/Karma


Karma

Vladimir Antonov


La palabra sánscrita karma tiene dos significados estrechamente relacionados entre sí, reflejando dos fases de un solo proceso: a) actividades que afectan la formación del destino [de ahí, en particular, el término Karma-Yoga], y b) las consecuencias de tal actividad, que es, el destino mismo.

En este artículo, nos centraremos en la consideración del segundo valor.

Formación del karma

Cada uno construye su propio destino con las decisiones éticamente significativas y las acciones correspondientes. Dependiendo de esto, el Administrador práctico de los Destinos —el Espíritu Santo o Brahmán—, elegirá para cada uno el lugar de nacimiento, los padres, el cuerpo para la encarnación, las enfermedades, iniciará los contactos con estas u otras personas ya sean —buenas, malas, inteligentes o estúpidas—.

Incluyendo, si una persona comete algún mal injustificado a cualquier criatura, entonces programa situaciones similares en su propia vida, es decir, en su propio destino —pero ahora siendo la víctima—.

A la inversa, los buenos pensamientos, palabras, emociones y acciones forman un buen karma.

Este fenómeno se denomina la acción de la «ley del karma», —la ley de la formación de los destinos—.

Así es como Dios enseña a las personas a no cometer actos malvados, sino, por el contrario, a ser compasivos con el dolor de los demás, a ayudar a todos en todo lo bueno.

Repito una vez más: al infligir dolor a los demás, —lo programamos en nuestros propios destinos—, si ahora robamos, construimos nuestros destinos de manera tal que seremos robados, y así sucesivamente. La única manera de evitar tales consecuencias es, habiendo recobrado el sentido, arrepentirse sinceramente —hasta la medida de siempre excluir la capacidad de cometer tales actos—.

Más aún, la «ley del karma» extiende su efecto a un marco de tiempo que excede a tan solo una (1) vida terrenal. Debido a esto en particular, es que nacen los niños enfermos.

Karma congénito y comprado

El destino de cada persona consiste en dos líneas entretejidas: a) congénita y b) adquirida en una vida terrenal dada.

Por ejemplo, si un niño nace con algunos u otros defectos del cuerpo o los obtiene a una edad temprana, entonces es su destino innato, es decir, la carga para esta vida debido a errores éticos muy graves en la encarnación previa.

A medida que el niño crece, tiene la capacidad de tomar decisiones éticamente significativas. Sobre estas, una nueva línea de destino comienza a formarse. Y gradualmente puede comenzar a prevalecer, y luego dominar la línea innata.

De esta manera, un destino desfavorable puede revertirse si estamos en el camino correcto de nuestro desarrollo.

A la inversa, un buen destino puede ser «pisoteado en el lodo» por los propios errores éticos.

El destino no es un cierto tipo de ley mecánica, definida, por ejemplo, por «estrellas y planetas». El destino es la guía directa en la vida de las personas de Dios —la Conciencia Suprema, que posee Omnipresencia, Omnisciencia, Amor absoluto, Sabiduría y Poder—. Él guía a cada uno a nosotros a Sí Mismo. Si vamos bien, —nos apoya con la dicha—. Si nos apartamos del Camino Recto hacia Él, —nos lo señala generando dolor de una forma u otra—.

Karma para la vida encarnada y no encarnada

También se debe tener en cuenta que existe una diferencia entre a) la formación de karma bueno o malo para la vida en los cuerpos materiales actuales, y b) la predeterminación de la calidad de nuestra futura «vida después de la muerte».

Hacia el infierno, el paraíso o a los eones divinos, nos preparamos nosotros mismos, —no depende de nuestras acciones concretas, sino de a qué niveles, en la escala de sutileza-grosería, nos hemos acostumbrado durante la vida terrenal—.

En otras palabras, la calidad de la morada, en la cual el alma se sitúa después de la muerte del cuerpo, es determinada por el estado emocional al que la persona se ha acostumbrado durante la vida en el cuerpo material.

La morada de aquellos quienes viven en estados emocionales luminosos, limpios y sutiles será por lo menos el paraíso.

Pero las emociones groseras predeterminan una vida en el infierno después de desencarnar.

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